La cinta comienza con una frase similar a esta: “Esta es la verdadera historia de una familia que sobrevivió al tsunami de 2004”. Ampliamente matizable.
Cuenta con un acertado y atractivo preámbulo. La irritante serenidad que irradia te mantiene aferrado al asiento, esperando algo que sabes que está a punto de ocurrir. A nivel de producción es una obra colosal, lo mejor que se ha hecho en España. De verdad consigue que te metas dentro del tsunami, por momentos te sientes angustiado. El nivel interpretativo es muy alto, sobre todo en lo que concierte a Naomi Watts y a Tom Holland (madre e hijo). No llego a entender los elogios a la insulsa interpretación de Ewan McGregor (padre).
Sé que es cine, pero tampoco me gusta que me tomen por tonto. La película comienza con una justificación, por si en algún momento del metraje se te ocurre pensar que la historia quizá esté hiperbolizada: “verdadera historia”. Está todo pensado. Es cierto que la base es fidedigna: una familia de cinco miembros sobrevivió al tsunami. Irrefutable. Mas nunca me gustaron las verdades a medias. Tan importante es el cómo, como el qué. Me siento estafado. Buscaba una historia real y encontré una hipérbole a 8,50 €.
Nadie duda de que esa familia sobreviviera a la catástrofe, pero hay matices. En la película, se enfrentan a la gran ola mientras disfrutan de un baño en la piscina del hotel, situado en primera línea de playa. Todos los miembros están en traje de baño y la fuerza del agua es tal, que se lleva por delante árboles y edificios. Después de las palmeras y el muro de la piscina, ellos son lo primero que la ola encuentra en su camino. ¡Sí que tuvieron suerte!
La violencia del oleaje es brutal. Así lo reflejan las sobrecogedoras imágenes que muestran a la madre siendo sacudida de un lado a otro. Es la única que sale maltrecha. El resto de la familia sale indemne. Tres niños enclenques de entre cinco y doce años sobreviven al vigor del “mayor tsunami registrado en la historia”. El incidente se salda con unos arañazos y el flequillo despeinado.
La lógica invita a pensar que no estaban tan cerca de la costa. El tsunami real alcanzó cerca de 40 kilómetros mar adentro. No habría pasado nada por situar la escena en el interior; habría ganado en credibilidad. En la película, la familia está a apenas 100 metros de la playa y dos niños en bañador, de apenas cuatro y seis años, salen ilesos. Eso es mentira.
Cuando escucho a María Belón (protagonista de la historia real) defender a capa y espada la fidelidad del argumento, quiero pensar que detrás se esconde algún tipo de obligación contractual que impida criticar la cinta. No me cabe otra cosa en la cabeza.
Peca de sensiblera. Los protagonistas se pasan las dos horas caminando descalzos entre barro y escombros para hacernos partícipes de su sufrimiento. Tristemente, no les habría resultado difícil encontrar un par de zapatillas para hacer menos ardua la tarea de encontrar a los demás miembros del clan. Yo no me subo al carro de la lágrima fácil. El manido uso de la música para recalcar los momentos sentimentales es grosero en algunos momentos. No es necesario que me indiquen cuando he de llorar, gracias.
Lo imposible es que me crea que cinco miembros de una misma familia sobrevivieron a tal catástrofe. Me habría creído que, en esas condiciones, se salvaran los adultos. Nunca estuve tan de acuerdo con el título de una obra.
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